El fin de los “mecanógrafos”
Fíjate bien. Durante años, la gente creyó que programar era una especie de magia oscura donde tenías que memorizar palabras raras en inglés para que una caja de metal hiciera lo que tú querías. Nos sentíamos superiores porque sabíamos dónde iba un punto y coma. Qué patético.
Pero llegó el 2026 y resulta que la máquina ya se sabe todas las palabras. El código ya no es el problema; el problema eres tú, que no sabes qué quieres. Bienvenidos a la Ingeniería de la Intención, la habilidad número uno para sobrevivir en este basurero tecnológico.
¿Qué es esta payasada?
La Ingeniería de la Intención no es saber programar; es saber pensar. Es pasar de ser el tipo que pone los ladrillos a ser el arquitecto que le dice a la IA: “Quiero una casa que no se caiga y que se vea lo suficientemente pretenciosa como para que mis vecinos me odien”.
Si antes el valor estaba en la sintaxis, hoy el valor reside en la claridad de tu razonamiento. Si eres de los que no saben qué pedir de comer sin entrar en una crisis existencial, la IA no te va a salvar; te va a ignorar.
El programador como Director de Orquesta
En The Capibara Web ya lo entendimos: ya no escribimos tanto código, dirigimos una orquesta de sistemas que son infinitamente más rápidos que nosotros. El desarrollador moderno es un director tecnológico que se enfoca en la arquitectura y la ética del dato, mientras deja que la IA se encargue de la “carpintería pesada” que a nadie le gusta hacer.
Ya no importa cuántas horas pases picando teclas. Lo que importa es si tienes la capacidad mental para describir un sistema complejo sin que la IA termine alucinando porque tus instrucciones parecen el guion de una película de Nolan: confusas y sin sentido.
Conclusión: El triunfo del que sabe pedir
Al final, la Ingeniería de la Intención es el triunfo de la flojera inteligente. Dejamos de ser esclavos de la gramática de la máquina para convertirnos en sus amos conversacionales.
Así que, si sigues orgulloso de tus 10 años de experiencia escribiendo CSS a mano, felicidades, eres una pieza de museo. En el futuro del 2030, solo sobrevivirán los que sepan traducir una idea abstracta en una instrucción ejecutable. Los demás, bueno, siempre pueden volver a usar tarjetas perforadas; dicen que el cartón es biodegradable.
